Desde el primer momento, su manera de hablar revela una pasión profunda por recibir. Antes lo hacía en su casa, hoy lo hace en su restaurante, que para ella es simplemente una extensión de su hogar y de su familia. Allí busca que cada persona que entra no se sienta “un número más”, sino un invitado bienvenido, rodeado de calidez, atención y alegría.
Su visión nace de una tradición familiar muy viva. Creció viendo cómo sus abuelos italianos reunían a todos alrededor de la mesa: almuerzos dominicales, encuentros improvisados entre semana, conversaciones superpuestas, risas y abundancia. Más tarde, su madre mantuvo ese espíritu con un “open house” cada viernes, donde podían llegar treinta personas a almorzar pasta italiana. La mesa era el centro de la vida familiar, una mezcla perfecta de buena comida, ruido, cariño y tradición.
Esos recuerdos son para ella, un tesoro. La cocina de su abuela, los sabores de la infancia y las reuniones ruidosas y alegres son la razón por la que, hace ya 30 años, abrió su restaurante. Lo disfruta porque revive lo que vivió de niña: el gusto por compartir, las costumbres que se repiten y la belleza de una mesa preparada con cariño. Sus hijos, incluso han heredado esos mismos gestos.
Para ella, la cocina, la estética y la hospitalidad son disciplinas creativas que se encuentran y se potencian. Le gusta mezclar vajillas, jugar con colores, crear combinaciones inesperadas. En su restaurante, el arte cuelga de las paredes, la mesa se convierte en un lienzo, y la comida es parte de una experiencia sensorial completa. Cada visita activa la vista, el tacto, el oído y el gusto; todo está diseñado para despertar emociones.
Entre sus tesoros habla con emoción de una vajilla centenaria que perteneció a su bisabuela Cecilia Echeverría, una pieza especial hecha en Limoges, con monograma y cristalería a juego. Ochenta puestos que hoy se reparten entre los hermanos y que viajan de casa en casa según la ocasión. “Una vajilla con 100 años es una belleza”, dice. Y en esa frase se resume lo que ella representa: el valor del objeto que guarda memoria, la pieza que no es solo funcional, sino que porta historias y afectos.
Esa misma herencia atraviesa también su cocina. En su restaurante aún se preparan las recetas originales de su nonna, hechas sin preservantes, sin congelaciones y siempre frescas, como se hacían antes. La salsa —quizás el corazón de la casa— sigue fiel a la versión familiar: del día, honesta y simple. La boloñesa también conserva su sello. Y hay platos que son verdaderos rituales, como los ñoquis pasados uno por uno por el colador, tal como ella ayudaba a hacerlo cuando era niña.
Su formación culinaria es un privilegio que pocos tienen: aprendió de dos abuelas muy distintas.
De la abuela italiana, la nonna Rosina, heredó la tradición clásica: pastas hechas a mano, postres elaborados como la “Crostata”, lasañas distintas según la región… recetas que hoy adapta apenas lo necesario para ajustarlas a los tiempos modernos, sin traicionar su esencia.
Y de su otra abuela, Cecilia, aprendió el mundo de los postres y la cocina criolla: la isla flotante, el postre de guayaba tipo borracho, y esa manera intuitiva y generosa de cocinar para muchos.
De ambas absorbió técnicas, sabores, disciplina y amor por la cocina. En su vida, la tradición y la creatividad no se contradicen: conviven. Y su restaurante es la prueba viva de ello.




Aunque hoy la gente tiende a reunirse más en restaurantes que en casas, ella mantiene vivo ese espíritu antiguo: la mesa como ritual, como lugar de encuentro, como expresión artística y afectiva. Lo que hace —en su restaurante y en su propia vida— es preservar esa tradición italiana del recibir: grande, alegre, ruidosa, bella. Una celebración de la vida alrededor de la mesa.
Esa creatividad también se expresa en su manera de poner la mesa. Le encanta mezclar vajillas, colores y texturas; buscar platos diferentes en sus viajes; combinar piezas no por uniformidad, sino por inspiración. Habla con entusiasmo de un risotto de langosta con cúrcuma —amarillo intenso— que no destacaba en platos blancos hasta que encontró una vajilla negra que lo transformó en un espectáculo visual. Para ella, el color es parte fundamental del menú: la comida entra por los ojos y la composición del plato debe tener contraste, armonía y vida.
Esa misma sensibilidad estética guía el estilo del restaurante. No es sofisticado ni pretencioso, tampoco es rústico; es una trattoria italiana: un lugar donde la gente se siente cómoda, donde la tradición se respeta sin rigidez, donde las libertades estéticas son parte del encanto. Nunca sería un restaurante de manteles blancos, porque eso le quitaría esencia. La trattoria le permite ser auténtica: informal, acogedora, mediterránea, verdadera.
Y quizá esa sea la razón por la que la gente vuelve una y otra vez: porque allí se siente recibida. No con lujo, sino con verdad. Con belleza, con historia, con buena mesa y con ese toque personal que no se aprende: se hereda, se vive y se expresa.
Cuando le preguntamos qué consejo daría a alguien que quiere mejorar su forma de recibir, su respuesta es clara: autenticidad. Nada de poses, nada de forzar estilos ajenos. “Si tú te sientes cómoda con tu mesa y tu comida, tus invitados también se van a sentir cómodos.” Su esencia está ahí: alegría, sencillez, buena comida sin pretensiones, pero con alma y con intención.
En medio de la conversación, deja ver cómo funciona su cabeza: un remolino de ideas, colores, recetas, sensaciones. Le llegan cien ideas y aprende a elegir cuatro o cinco para llevarlas a cabo. Crea desde la intuición y la memoria, pero también desde la observación, el gusto y un sentido estético que la guía casi sin darse cuenta.
Y al final, espontáneamente, nos regala un elogio que nos llena de alegría: celebra nuestro proyecto Fleurs Violettes Maison y nos dice que admira que dos mujeres jóvenes quieran recuperar el arte de la mesa. Para ella —y para nosotras— es un gesto de resistencia y belleza en un mundo que, a veces, corre demasiado rápido para detenerse a poner la mesa con cariño.
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